M
Noticias

Encuestas presidenciales: el favorito también se paga caro

LLucía Paredes
··7 min de lectura·ultimas encuestasencuestas presidencialesperu
people onside stadium — Photo by Anders Krøgh Jørgensen on Unsplash

Las últimas encuestas presidenciales en Perú volvieron a activar una costumbre bien local: mucha gente mira la intención de voto como si ya fuera un resultado amarrado. Y no. Ese salto, además, suele costar caro. A viernes 3 de abril de 2026, la imagen que más circula enseña liderazgos cortos, bloques partidos y un pelotón que todavía sigue peleando por meterse en el tramo decisivo. Mi postura es bastante simple: cuando la ventaja es mínima, apostar por el puntero aparente se parece bastante a pagar tarifa de taxi por un trayecto de mototaxi.

El dato político pesa, claro, pero la lógica detrás de esto es probabilística. Si una encuesta pone a un candidato en 20% o 22% de intención de voto y al que viene detrás en 16% o 18%, en televisión la brecha se ve nítida, casi cómoda, aunque estadísticamente eso no siempre alcanza para hablar de dominio real del proceso. No alcanza. En un sistema con voto disperso, techo bajo y volatilidad de última hora, ese 22% no representa 22% de probabilidad de ganar en primera vuelta: puede ser apenas una posición inicial en una carrera con demasiadas curvas, demasiadas, y muy poco terreno estable.

La trampa del número grande

Conviene separar porcentaje de voto y probabilidad implícita. Son cosas distintas. Si el mercado informal o una casa internacional traduce a una candidata líder como favorita a cuota 2.20, la cuenta sale directa: 1 dividido entre 2.20 da 45.45% de probabilidad implícita. Para que esa apuesta tenga valor esperado positivo, la probabilidad real de triunfo tendría que ubicarse por encima de 45.45%. Y ahí, a mí me parece, con encuestas fragmentadas y una segunda vuelta casi cantada, ese piso queda alto. Los datos sugieren que el precio del favorito se infla cuando el nombre ya tiene reconocimiento nacional, no necesariamente porque el escenario esté resuelto, que es otra cosa.

Peor todavía: el votante peruano cambia tarde. Cambia tarde de verdad. Pasó en varios ciclos y ni siquiera hace falta inventar cifras para advertirlo; históricamente, las últimas dos semanas mueven preferencias, castigan candidaturas demasiado expuestas y premian perfiles que llegan más limpios al cierre, casi sin desgaste visible y con margen para crecer donde antes no aparecían. En Lima eso se comenta con una mezcla de cinismo y costumbre, desde Lince hasta el Rímac. La encuesta deja de ser termómetro. Pasa a reflector: ilumina a uno, sí, pero también lo deja expuesto.

Gráficos y diarios sobre una mesa de análisis electoral
Gráficos y diarios sobre una mesa de análisis electoral

Ahí entra el ángulo contrarian. Si el consenso mediático compra la idea de que la punta ya define el desenlace, la jugada menos cómoda pasa por mirar al perseguidor mejor colocado o incluso al tercero, si viene con curva ascendente y todavía no agotó su espacio de crecimiento. No porque “todo pueda pasar”, que es una frase demasiado fácil, sino porque en términos de retorno el margen suele estar al otro lado. Una cuota 6.00 implica 16.67%. Seco. Una de 8.00, 12.5%. Si una candidatura en crecimiento tiene opciones reales de 18% a 20% de meterse en la pelea decisiva, entonces ya hay una brecha entre la probabilidad estimada y el precio.

Qué están leyendo mal las encuestas

Las encuestas publicadas esta semana sirven para ordenar el tablero, no para cerrarlo. Así. Un simulacro electoral y una pregunta de intención directa no pesan igual. Así de simple. El simulacro suele capturar mejor el comportamiento del votante menos ideológico, mientras la intención directa detecta más bien recuerdo de marca política. Cuando ambos indicadores no avanzan en la misma dirección, hay ruido; y ese ruido, para quien apuesta, no siempre juega en contra, a veces funciona como descuento, aunque suene raro.

También aparece una distorsión peruana bastante reconocible: el rechazo pesa casi tanto como la preferencia. Un candidato puede ir primero con 21%, pero si arrastra antivoto alto, su probabilidad de crecer en segunda vuelta cae. Sin vueltas. Esa variable casi nunca entra completa en la conversación cotidiana, aunque debería entrar, porque cambia bastante la lectura. En términos de EV esperado, un líder con mucha resistencia social puede parecer favorito para clasificar. No siempre para convertir esa clasificación en victoria final.

Yo iría un poco más allá: el mercado suele castigar poco a los outsiders con discurso simple y alta recordación. En Perú eso pesa. Entre un nombre muy instalado, que ya enseñó su techo, y otro que todavía sigue reclutando voto blando, prefiero el segundo aunque se vea menos prolijo en paneles de televisión. Es una opinión discutible, claro, pero medible. Si el favorito está en 40%-45% implícito y el retador en 18%-22%, me interesa más el retador, siempre que la encuesta lo tenga dentro de un margen competitivo y no solo como presencia decorativa.

La apuesta incómoda: ir contra la punta

Traducido a estrategia, la mejor jugada no pasa por perseguir al puntero de las últimas encuestas presidenciales del Perú. Va de frente. Pasa por buscar al underdog con tres señales: tendencia ascendente, menor antivoto relativo y capacidad de capturar indecisos en el cierre de campaña. Si una encuesta ubica a dos candidatos separados por 3 o 4 puntos, yo no pagaría precio premium por el de arriba. Mira. En ese escenario, una diferencia de 4 puntos puede venderse como muralla y ser apenas una puerta entreabierta, una de esas que parecen cerradas hasta que alguien la empuja.

Vale una comparación menos solemne: una encuesta es una foto carnet, no una película. Sirve para reconocer rasgos, no para adivinar el último plano. En la política peruana, donde la conversación pública cambia por una entrevista, un debate o un error de campaña, esa diferencia pesa mucho y, aunque a veces se la trata como detalle menor, termina moviendo más de lo que muchos admiten. Mira porque al final el favorito compra portada; el underdog compra optionalidad. Y para un analista de probabilidades, lo segundo suele rendir más.

La lectura práctica depende del mercado disponible. Si existe apuesta a “ganador de primera vuelta”, el precio del líder suele venir más comprimido y por eso me resulta menos atractivo. Si el mercado ofrece “clasifica al balotaje” o “top 2”, ahí sí puede aparecer valor en un candidato que hoy figure tercero o cuarto pero a distancia corta. Va de frente. Un 14% frente a un 18% no es una eternidad si el bloque de indecisos sigue alto o si el segundo lugar todavía se ve poco consolidado. En cuotas, esa diferencia muchas veces se exagera, y bastante.

Qué haría hoy con esta información

Yo tomaría distancia del nombre que encabeza titulares y armaría una posición pequeña sobre el perseguidor más subestimado. Pequeña, porque la incertidumbre es real. Contraria al consenso, porque ahí puede estar el sobreprecio del favorito. Si el mercado no ofrece cuotas lo bastante amplias para el outsider, entonces la mejor apuesta es ninguna. También pasa eso. También hay valor en no comprar caro.

Personas reunidas en un espacio urbano durante una jornada política
Personas reunidas en un espacio urbano durante una jornada política

Este viernes, con encuestas todavía moviendo la conversación y sin una dominancia aplastante, la lectura fría sigue siendo la misma: la punta vende seguridad, pero no siempre la entrega. Entre pagar 45% implícito por un liderazgo frágil o tomar 16%-20% implícito en un nombre con espacio para crecer, me quedo con la opción menos popular. En elecciones peruanas, como en un partido que parece controlado y cambia con un rebote extraño, el underdog suele llegar con mejor precio que prensa.

L
LucksSlotsSponsor

Apuestas deportivas con las mejores cuotas. Bono de bienvenida para nuevos usuarios.

SeguroLicenciado+18
Apostar Ahora
Compartir
Apostar Ahora